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Posts Urbanos:

Cuentos, microcuentos, ficciones súbitas.
roberto 

Mis historias y vivencias son urbanas. Y me gusta lo de post urbanos porque lo virtual de la red en la aldea global superó los lí­mites que conocíamos.

A veces diré algo interesante. A veces serán palabras perdidas. Seguramente, en el acto de escribir, la crisis de la pantalla en blanco me ataque muchas veces. Pero ahí­ voy a estar, rescatando momentos, frágiles como un instante. Acordándome de ella. De mí­. De otros.

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Carta

Enviado por Roberto Arancibia el martes, diciembre 06, 2005 a las 23:02
Roberto Arancibia

Estimada señora,
Lo primero, deberá usted disculpar la letra, y sobretodo, el papel. No están los tiempos para gastos. Lejanos están esos días en que la vida me sonreía. Justo cuando usted apareció. Yo terminaba de almorzar, los amigos palmoteaban mi espalda, otros me saludaban desde sus mesas. Y apenas la ví, quedé prendado, desde ese día y para siempre.
Y te lo dije, ¿recuerdas?

Caminé hasta tu mesa, tomé tu mano y te lo dije: El mundo está a sus pies mademoiselle. Y apenas te sonreiste. Y como a porfiado y testarudo no me la gana nadie seguí insistiendo, y logré llegar hasta tu mesa, tu casa, tus brazos, tus brazos donde me dormí. Tarde escuché los consejos, las palabras. Tarde entiendo los rumores. Y ahora, que la rabia me vuelve, quiero decirle a usted señora que no me arrepiento de nada. No hay reproches, no hay resentimientos. Aunque de verdad, tampoco hay olvido. Te echo de menos, las noches son eternas. No hay mucho que hacer aquí. No hay nada que hacer desde aquel día. Mal día. No debería haber llegado. Aunque la verdad, ahora puedo decírtelo, llegué temprano muchos días, y esperaba que él se fuera para contar 20 minutos y entrar. Luego fueron 19, 18, 17 y así, pensé que ibas a darte cuenta, pensé que se lo dirías, pensé que te cuidarías, que te cuidarías de mí.

El día antes dejé pasar un minuto exacto y entré. Y me miraste igual que todos los días, como parte del decorado. No es bueno sentirse como planta o papel mural. Esa tarde te dije, mañana trataré de llegar antes por si podemos conversar y tratar de arreglar todo. No tengo nada que arreglar, me dijiste. Tú sabes lo que quiero. Esa misma noche ordené todos los papeles, el testamento, las escrituras. Me fui temprano, volví temprano. No salió todo como quería, y aquí me tienes.

Sé que donde estás ahora no te dejan leer, ni siquiera te deben entregar mis cartas, sospecho que tampoco salen de aquí, pero, porfiado, te seguiré escribiendo. Me quedé lleno de cosas que no te dije, y como sabes, prendado de tí, desde aquel día y para siempre.

Tuyo,

PD.: Hoy se cumplen 20 años.

 

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Esa noche

Enviado por Roberto Arancibia el domingo, diciembre 04, 2005 a las 22:40
Roberto Arancibia

Estaba sola, pensando en tí, como hago a veces. Tranquila. Mirando el techo. La lámpara triste, llena de lágrimas. En silencio. Decidiendo si me paraba de la cama, tibia, sola, mía, y antes tuya. Pensaba en la nula conveniencia de pisar el suelo helado y caminar por las baldosas blanca roja blanca roja del pasillo blanca doblar y estirar la mano hasta el interrruptor prender la luz y buscar algo de pan que sabía que había en alguna parte pero mejor lo dejaba para el desayuno con un té y mejor vuelvo a la cama de donde nunca me moví, cuando puse atención a los ruidos de la calle. Todos los perros del mundo estaban ladrando aullando llorando gritando. Congelada, no me moví ni cuando todo comenzó a moverse en serio. Un rumor sordo y subterráneo que creció rápido, un ruido ensordecedor de cosas sin control cayendo, colgando, trizando, rompiendo quebrando gritando ladrando asustando inmovilizada a mi cama mi cama oscura y sola que era tuya, oscura y sola que se llena de vidrios que no sé por qué son rojos raro están rojos y me duelen y también los ojos que tratan de ver algo, es raro, hay estrellas en el techo y no lámpara y no sé donde estarás ahora que todo se mueve y rompe y deja de doler.

 

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